¡Cómo me gusta Bolonia! 30 mayo, 2018 – Publicado en: Europa, Italia – Etiquetas: , ,

Cuando decidimos ir a pasar unas semanas a esta ciudad italiana no podía imaginarme que acabaría enamorándome de ella. El motivo original, o digamos, el pretexto, fue visitar a nuestro hijo que estaba trabajando ahí temporalmente. Alquilamos un departamento en el centro histórico, compré algunos relatos de viajes y guías turísticas para sacarle jugo a nuestra estancia… y así empezó esta aventura.

En el norte de Italia, a medio camino entre Florencia y Venecia, sin las aglomeraciones de esos polos turísticos, se encuentra Bolonia, una joya “escondida” llena de historia y de historias, de iglesias, torres y museos, de pórticos que protegen a los peatones de las inclemencias del tiempo, de plazas donde ver pasar la vida y de trattorias donde comer de maravilla. La gente es amable; el clima, benigno. Aquí se mezclan el recuerdo de personajes importantes que aquí vivieron con el bullicio actual de los estudiantes de la universidad más antigua de Europa.

Muchas mañanas me puse los tenis para subir hasta el Santuario de la Beata Virgen de San Lucas movida, entre otras razones, por el deseo de hacer ejercicio. Un recorrido de casi cuatro kilómetros (3,796 metros para ser exactos) bajo la sombra protectora que proporciona el larguísimo pórtico que liga la antigua muralla de la ciudad con el templo. Seiscientos sesenta y seis arcos que han sido testigos desde hace siglos del paso decidido de los fieles y últimamente también de los deportistas.

La primera vez que hice el recorrido fue con espíritu de peregrina. Me tomé una foto al iniciar, fresca y llena de energía. Confiaba en llegar de la misma manera a la cima. Durante un kilómetro y medio el recorrido fue en terreno plano. Todo cambió al llegar al arco 316, conocido como Meloncello, que cruza como puente la calzada vehicular que hasta entonces llevaba a la izquierda. Ahí empezaron los escalones y las rampas ascendentes, sinuosas. La luz del sol entraba por los arcos, con espacios marcados por las columnas, invitándome a pensar en el teclado de un piano que iba ejecutando alguna melodía. Mi paso ágil del principio empezó a ralentizarse. La inclinación del camino era tal que invitaba a caminar en zigzag para sentirlo menos exigente. Me crucé con gente de todas edades sumergida en sus pensamientos o en animada charla.

Sudorosa, cansada, pero muy satisfecha de haber llegado, dirigí mis pasos a la puerta del santuario. El silencio y el recogimiento que me recibieron calmaron mi corazón acelerado por el esfuerzo. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, dirigiéndome hacia el altar para ver de cerca a la Madonna, me encontré con que la primera capilla lateral está dedicada a la Virgen de Guadalupe!

Esta experiencia y todas las que hemos acumulado en ese viaje y otros dos más que hemos hecho, han quedado reflejadas en mi libro electrónico Bolonia, conocerla es quererla.

En  publicaciones futuras les contaré otras de las experiencias que vivimos en esta acogedora ciudad que es parte importante de un mundo lleno de sorpresas.

 

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