Marruecos sigue en mi memoria 29 junio, 2018 – Publicado en: África, Marruecos

Sobre este país al norte de África se extiende un halo de exotismo. Mi primer contacto fue con su gente, en Holanda. ¿Suena raro, verdad? Pero es una realidad. Aquí hay una gran comunidad marroquí, incluso el alcalde de Róterdam proviene de allá, así que no resultó extraño pensar en ese destino para pasar unos días y romper el frío invernal europeo.

Lo que no me imaginé entonces fue la variedad de lugares, experiencias y recuerdos que acumularía.

Como muchas otras veces, teníamos sólo el boleto de ida y vuelta y el primer hospedaje asegurado. El resto lo iríamos organizando in situ apoyados por la lista de ciudades imperiales que nos gustaría conocer: Marrakech, Rabat, Fez, Meknés, Volubilis y Casablanca, dejando espacio para lo que los locales pudieran sugerirnos.

El primer signo de que estábamos en otro mundo llegó cuando el taxista que tomamos en el aeropuerto de Fez nos dejó al final de una calle cerrada, asegurándonos que era lo más que podía acercarse con el coche a nuestro hotel en la ciudad antigua. Mi marido y yo nos miramos sin tener muy claro qué hacer. Desde ahí partía una única calle peatonal con cierta pendiente. Nuestras maletas estaban ya en el suelo. En eso vimos llegar a un hombre empujando una carretilla, quien aseguró que lo habían mandado a recogernos. Ya puestos en la aventura, lo ayudamos a colocar nuestro equipaje en la carretilla y lo seguimos cuesta arriba. Un poco adelante giró a la izquierda y se detuvo frente a una puerta de madera vieja que formaba parte de un enorme muro gris, descascarado. Mi corazón se detuvo. ¿Era esta la misma riad cuyas fotos habíamos visto en internet? Ahmed, así se llama el hombre, abrió la puerta y  nos invitó a pasar. Era como un túnel con recovecos, muy obscuro. Un par de metros adelante abrió otra puerta que nos dio acceso a un bello patio lleno de luz que tenía al centro un enorme naranjo y una fuente que daban el toque de frescura que tanto nos hacía falta. Aprendí que nada es lo que parece.

Esta era una casona antigua de la medina reconvertida en hotel, lo que se conoce como riad. ¡Una maravilla! El hecho de tener pocos huéspedes nos ofreció una atención muy personalizada. Incluso nuestro cuarto carecía de chapa en la puerta. ¿Quién la necesita si estás “en casa”?

A partir de ahí el país se nos fue presentando en múltiples facetas, algunas contradictorias, otras complementarias, pero todas interesantes. Desde el aguador en Marrakech a la mujer que pintó mis manos de henna en Fez; del magnífico mausoleo en Rabat a la sencillez del puerto de Essaoura; de las multitudes en la impresionante mezquita en Casa Blanca a la soledad de las ruinas en Volubilis. A esto sumamos su delicada gastronomía y la belleza de su artesanía para hacer de este un viaje inolvidable.

Además de mis memorias, traje algunos objetos que me recuerdan mi paso por este país: una mano de Fátima de madera que cuelga junto a la entrada de mi casa para protegerla, una alfombra multicolor que colocamos en la sala y una chamarra de gamuza que me pongo con gran frecuencia. Cada vez que uso el aceite de argán me viene a la mente la cooperativa de mujeres que lo produjo, el paisaje de las montañas cercanas a su pueblo y el hammam donde me lo pusieron por primera vez después de un masaje relajante.

Nuestras experiencias en este exótico país, que forma parte de este mundo lleno de sorpresas, han quedado reflejadas en el libro electrónico Marruecos y su magia.

« Un oasis en Madrid
Paul Cézanne y su pasión por la pintura »