Recordando cómo me enamoré de Cadaqués 11 mayo, 2018 – Publicado en: España, Europa – Etiquetas: , , , , , , ,

Todo empezó por una consulta a una amiga española. Mi esposo y yo buscábamos un pueblo pequeño, tranquilo y bonito donde descansar una semana lejos del mundanal ruido. Sin dudarlo ni un segundo, Isabel me sugirió Cadaqués, en la Costa Brava catalana. El lugar más bonito del mundo según Salvador Dalí.

Coordinamos el vuelo Ámsterdam-Girona y el alquiler de un automóvil con el que haríamos el último tramo del periplo. Conseguimos una casa en el centro del poblado, frente a una pequeña plaza y a un paso de una diminuta playa donde podríamos meternos al mar.

Llegamos al final de la temporada vacacional, por lo que muchos negocios ya estaban cerrando sus puertas. El ritmo de la vida local dejaba atrás la algarabía veraniega para prepararse para el invierno.

Una semana se convirtieron en dos. ¡Disfrutamos tanto del lugar! Descubrimos la calidez de su gente, lo interesante de su historia, la belleza de su entorno y de su arquitectura.

Entretejido con las clases de historia local que tuve al leer Cadaqués, de Josep Pla, imaginamos los ataques de piratas y el esplendor de la villa en la época de los indianos. Enriquecimos la experiencia a través de charlas con el alcalde y con dos cronistas del pueblo. Recorrimos el museo y el camino al faro. Paseamos por Caials y visitamos Portlligat. Navegamos un poco, pero la tramontana nos hizo regresar antes de llegar por mar a Cabo de Creus, que visitamos después por tierra, adivinando formas en las piedras talladas caprichosamente por el viento.

Paladeamos sus anchoas y sus aceitunas, que tan ligadas están a los orígenes del pueblo, así como sus vinos y licores.  En otras palabras, disfrutamos de su gastronomía.

Nos llevamos en el corazón sus calles empedradas con rastell, los barcos anclados en la bahía, sus calas tranquilas, la imagen de gente de todas edades disfrutando del mar, las flores de colores vivos que contrastan con los muros blancos de las casas, el tañer de las campanas de la iglesia, el sabor de sus taps y la receta del suquet de pescado.

Cadaqués, que de antiguo estuvo aislado por tierra pero abierto al mar, nos pareció una villa pequeña, tranquila y segura, pero no aletargada. Llena de actividad y preocupada por mantener el equilibrio entre turismo y calidad de vida para sus habitantes, tanto a los nacidos aquí como al gran grupo de inmigrantes que han hecho de ella su hogar.

Quedamos admirados, muy en especial, por la devoción de los pescadores gracias a cuyo esfuerzo fue posible edificar y decorar la bellísima Iglesia de Santa María, abierta a visitantes de todos los credos, cuyos retablos, de gran calidad, dejan admirados a propios y extraños.

Muchos antes que nosotros han comprobado que tiene “un difícil llegar y un peor salir”. Uno de ellos fue Salvador Dalí, quien quedó hilvanado a esta villa y cuyos rincones fueron fuente de inspiración para su obra.

No resistí la tentación de escribir un relato de nuestro viaje, que se publicó a lo largo de tres fines de semana en el periódico mexicano con el que colaboro. Como agradecimiento por sus atenciones para que conociéramos más sobre el pueblo, se los envié al alcalde. Sin decirme nada, él los presentó al premio Cadaqués a Carles Rahola, que cada año evalúa los relatos publicados sobre esta villa. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando, meses después, recibí una llamada informándome que había ganado ese premio! Para mí fue un honor, como mexicana, recibirlo, sobre todo porque por primera vez en 29 años se otorgaba a un periodista extranjero.

Me siento muy satisfecha de que el jurado haya considerado que pude transmitir con palabras unas pinceladas de la esencia de Cadaqués.

¡Me enamoré de Cadaqués! es el título del libro electrónico (también disponible en audiolibro) en que reuní nuestras experiencias e investigaciones sobre este pueblo, parte de este mundo lleno de sorpresas.

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